Análisis de INNA AFINOGENOVA, otra periodista que sufre persecusión y censura por no informar en el sentido hegemónico.

Julian Assange lleva más de 10 años preso o prófugo y cuando te preguntas por qué, la respuesta lógica es el "delito", entre comillas, de haber revelado crímenes de Estado cometidos por Estados Unidos. Más allá de que esto te da una idea sobre cómo funciona la justicia y sobre esa doble moral que andamos denunciando (y por lo que luego a algunas nos quitan el carné de periodista y nos entregan el de propagandista), el caso es que oficialmente, no es por eso por lo que lleva 12 años así. Sino por una serie de distintos casos, difusos, que nunca han terminado en nada real, pero siempre han tenido la particularidad de mantenerlo recluido.

Pocos meses después de haber publicado en Wikileaks el famoso video del asesinato de civiles, fue a Suecia y allí fue acusado por dos mujeres por agresión sexual. El caso fue rápidamente cerrado al no contar con suficientes pruebas y por esa razón pudo salir de Suecia. Obviamente, ni nos meteremos a valorar lo que tienen de verdad o no ambos casos, porque no lo sabemos.

Al salir de Suecia, siguió publicando sus filtraciones hasta sacar el 'Cablegate', 250.000 comunicaciones confidenciales entre diplomáticos de Estados Unidos, por las que nos enteramos, por ejemplo, de que Israel elaboró el virus informático Stuxnet para apagar centrifugadoras de uranio iraníes o de que Hillary Clinton ordenó espiar al entonces secretario general de la ONU. Cosas así.

 Así es. Assange está en ese momento en Londres, acude a juicios por el caso de abuso allí, todo esto dura casi dos años, hasta que en 2012, la justicia británica aprueba su extradición a Suecia. Y como entiende que en Suecia le espera la extradición a EE.UU. donde le aguardan, a su vez, cientos de años de cárcel, lo que hace es refugiarse en el lugar que le acoge: la Embajada del Ecuador en Londres. Pasa 7 años en una habitación de la Embajada hasta que Lenín Moreno decide entregarlo a las autoridades británicas. Oficialmente, por inmiscuirse en asuntos internos del Ecuador. Ah, y también por motivos más escatológicos a los que Lenín Moreno apeló una y otra vez, en ruedas de prensa y en entrevistas, para darle más colorido al caso, al parecer.

Una vez en manos de las autoridades británicas, se retoma el caso por abuso, pero luego se vuelve a cerrar, porque, al igual que años antes, faltan evidencias. Pero en 2019 lo condenan a casi un año de prisión por haber incumplido los términos de su fianza en 2012. Pasó este año y decidieron que mejor por las dudas mantenerlo preso mientras resuelven si lo extraditan a EE.UU. o no. Al principio decidieron no extraditarlo por miedo a que se quitase la vida, pero lo siguieron manteniendo entre rejas a la espera de la apelación de Estados Unidos que terminó apelando y ya el riesgo de suicidio mágicamente dejó de existir.

Me preguntarán ¿a qué viene todo este repaso, Inna? Pues a que nos quede claro que este gran éxito de la libertad de expresión no habría sido posible sin la inestimable colaboración del independiente gobierno del Reino Unido, de la liberal, moderna y ejemplar Suecia y del muy humanista Ecuador de Lenin Moreno. Durante todos estos años nos decían que lo que querían de él era que hiciera frente a sus cargos por abusos, pero en realidad todos sabíamos que lo que se pretendía era no establecer un precedente dejando bien clara la lección que se quería transmitir: que con el imperio no se juega.

Para muchos, este caso de extradición de Assange del Reino Unido es el primero que recuerdan, mediáticamente, en este país. Pero para la gente de alguna generación anterior, como la de Pablo, y no estoy llamando viejo a Pablo, otro caso bien famoso viene a la memoria rápidamente.

Y este otro caso, además de tener a las instituciones judiciales y gubernamentales británicas como protagonistas, también implicaba de forma directa tanto a España, (y más concretamente a alguien que luego ejerció de abogado de Assange), como, sobre todo, a Latinoamérica. ¿Os suena de algo todo esto?

Dos años tardaron las autoridades británicas en decidir que a Pinochet no se le podía juzgar y liberarlo. Parece que tenían mucho menos claro que el adorable viejito Augusto Pinochet hubiera podido cometer delito alguno, como que no sabían nada de él. De hecho, llegó a recibir el apoyo de renombrados estadistas, hoy venerados, como George Bush padre, y la mítica y siempre añorada Margaret Thatcher, que incluso se permitió ir a visitarlo para agradecerle los servicios prestados (algo que ni tan siquiera fue digno de suponer ningún escándalo).

Y por eso, pese a todas las recomendaciones de las asociaciones defensoras de los derechos humanos, pese, incluso, a las instancias judiciales internacionales que aseguraron que Pinochet no podía recurrir a su inmunidad para librarse de que le juzgaran, pese a todo, el siempre progresista gobierno de Tony Blair (otro que tendría que declarar un par de cosas ante la justicia pero que nunca lo hará) tomó la decisión de liberar al venerable ancianito por su delicada salud.

Por supuesto. Pese al enorme disgusto y a su delicada salud, el bueno de Augusto vivió todavía 6 años más, hasta los 91, nada menos. ¿Se puede esperar del Gobierno de Alexander Boris Johnson que ordene liberar a Assange, que sin duda debe de haber cometido crímenes mucho más horrendos que los de Pinochet? 

Y ya para terminar. Las comparaciones son odiosas, no me gustan, pero en este caso no lo puedo evitar. ¿Pa' qué me invitan? sino…

Lo que está a un paso de mantener a Julian Assange en la cárcel por el resto de sus días es haber desvelado crímenes cometidos concretamente por Estados Unidos. Imagínense lo que sería esto si el que estuviera persiguiendo a un periodista por desvelar este tipo de información fuera cualquier otro país: Rusia, Venezuela, Cuba, Irán…

Conoceríamos la cara de Assange mejor que la nuestra. Habría caretas, carteles, libros, portadas por todas partes. Bono le habría dedicado alguna canción o algunas palabras, quizás también Paul McCartney.

Y todos esos periodistas que hoy callan, sin duda habrían alzado su voz en defensa de los derechos y las libertades. Y nos estarían dando lecciones de decencia y de coherencia. Pero esto no sucede porque el trabajo de muchos periodistas se reduce a denunciar unos crímenes del Estado y callar frente a otros, por más que todos sean crímenes del Estado.

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