Santos Vergara oranense que nos cuenta sobre la situación histórica de abandono del norte provincial y su visión de la situación social tras el desborde del río Pilcomayo.

Hay cuestiones que no pierden vigencia o se repiten sin solución en el tiempo, lamentablemente para mal, como consecuencia de la dejadez, el olvido, la desidia, el egoísmo, cuando no la incomprensión, el racismo y la discriminación. Además somos poseedores de una memoria demasiado frágil. Cuando ocurre el desastre, medio mundo levanta el grito, las autoridades se hacen presente, se sacan fotos, hasta se hacen promesas imposibles. Pasado el escándalo, cuando todo se relaja, cuando el olvido se hace nuevamente costumbre, todo queda como era entonces.

Ocurrió, por ejemplo con la epidemia del cólera, ocurrida entre 1992 y 1993, que dejó una veintena de muertos y alrededor de mil afectados, teniendo como epicentro la región del chaco salteño. Pero lo más terrible para la mayoría fue descubrir el desamparo, la pobreza y la marginación en que viven una importante porción de nuestros hermanos de la región, lejos de una cobertura sanitaria adecuada y de un sistema social que realmente los incluya. El descuido del estado en ese campo ha quedado en clara evidencia durante todo este tiempo con los muertos concretos por desnutrición o por falta de atención oportuna.

Y ahora la crecida del Pilcomayo pone nuevamente al descubierto ese costado doloroso de nuestra realidad, la precariedad en que viven nuestros hermanos aborígenes del chaco y también muchos criollos de la región. En aquella oportunidad, la del cólera de 1993, también proliferaban por los medios de comunicación las abundantes imágenes del desastre como ahora de la inundación. En aquel entonces escribí este breve texto:

TIEMPOS DEL COLERA


“Acaso lo esperaban en Ezeiza, con saco y corbata, y entró por la puerta más anónima de nuestra realidad, montado en un pez milenario y vestido de pobreza. Nadie lo vio llegar y plantar en las playas del chaco su estandarte de muerte y alarma, pero al día siguiente todos hablaron de él, y de un río de pájaros y de un pueblo que combatía el hambre con pescados, y de nuestras propias miserias. Después de cinco siglos todavía seguimos descubriéndonos. Un estrépito de flashes indiscretos rompió la intimidad de nuestra siesta interminable. Todavía las retinas están repletas de harapos y de miradas sin consuelo y el dolor es un nudo petrificado en la garganta. Todavía los retóricos se fuerzan por cubrir nuestra desnudez con palabras de seda, con flagrantes eufemismos. Todavía faltan otros cinco siglos para terminar de revelarnos, de descubrir nuestro propio Nuevo Mundo”.
(Publicado en el libro “Textos fronterizas y otras imágenes”, Salta, 2,011)

Que ambos hechos, el cólera y las inundaciones, se hayan producido con el mismo efecto no es mera coincidencia, sino la persistencia de un olvido. “Tener poco y perderlo todo: el drama de los evacuados”, tituló acertadamente un periódico salteño. Ahora la asistencia de la comunidad y de las autoridades está llegando al lugar, y seguramente dentro de poco tiempo todo volverá a la “normalidad”. Precisamente, debemos evitar que, superada la crisis actual, siga siendo visto como “normal” la histórica y lamentable postergación de nuestros hermanos del chaco. Los señores gobernantes provinciales y nacionales tienen la responsabilidad de trabajar a consciencia para mejorar las condiciones de vida de esta importante población de Argentina. La oportunidad es ahora, cuando el problema aparece en su plenitud. No vamos a esperar a que la tercera sea la vencida. Sería imperdonable.

Artículo de Santos Vergara